Formación en el carácter y en las virtudes apoyadas en moralejas: Ejemplos desde Tomás de Iriarte
Formación en el
carácter y en las virtudes apoyadas en moralejas: Ejemplos desde Tomás de
Iriarte
Enrique E. Batista J., Ph. D.
https://paideianueva.blogspot.com/
No puede pasar desapercibida ni tolerar el
desuso que, con el pasar del tiempo, ha caído el empleo de un valioso recurso
formativo familiar y escolar como lo son las moralejas. Su arrinconamiento en
el cuarto del olvido de las familias y escuelas simplemente refleja el abandono
que en estas se ha dado a fines esenciales formativos asociados al carácter y a
las virtudes humanas. Se precisa rebujar el cuarto de San Alejo para
reencontrar el abundante repertorio de recursos formativos que contiene ese
subgénero literario, con sus énfasis en las buenas costumbres, en la moral y la
ética, recordando, con potente haz de luz en la mano, con el corazón pleno de
afectos y con brillantez en el cerebro, que el carácter es aquella parte de la
personalidad que es formada y modificada mediante la experiencia cotidiana, la
educación, la inserción en la cultura propia y la universal y por las sanas
costumbres.
El carácter engloba a las virtudes; la
formación en éstas genera rasgos que, como hábitos morales, guían la conducta
de las personas para hacer el bien y para el correcto comportamiento. Una
persona formada en las virtudes tiene un carácter auténtico con claro y
fundamentado criterio moral y autonomía cognitiva para discernir entre el bien
y el mal y para propender por el bienestar colectivo. (https://tinyurl.com/yc5jwxsp).
La debida congruencia entre carácter, rasgos
y virtudes refleja siempre una personalidad debidamente constituida para la
positiva interacción social. No basta proclamar el desarrollo libre de la
personalidad, sin considerar el desarrollo pleno, libre y sano de ella. Como he
anotado en artículos previos, la meta formativa no es la de alcanzar cualquier
forma de personalidad, acompañada de cualquier conjunto de conductas, sino de
aquellas que son necesarias, útiles y productivas socialmente y para cada persona,
con énfasis en «persona», que en sus orígenes consistía en mostrar la cara para
que se reconociera a un personaje en una obra teatral; ahora es para ser
reconocido como ser auténtico, porque una persona, precisamente, tiene una «persona
– lidad» con rasgos característicos que definen su rol social y puede
mostrar y compartir sus atributos positivos ante los demás.
Ser una persona significa ser un individuo (o
sea, indivisible) que, inserto en una sociedad, tiene derechos exigibles y
deberes que son exigibles y de forzoso cumplimiento; la persona es un ser
orientado por un conjunto de valores introyectados y manifestados en las
interacciones sociales; contrariar este hecho, de forzosa deseabilidad para la
convivencia social, genera consecuencias negativas; así, se debe aprender en el
hogar y en la escuela, para la conveniencia propia y la de todos; por ello, la
personalidad siempre es social, no cabe el desarrollo de una personalidad única
independiente de los demás; ella se crea y se reafirma mediante continuas
interacciones sociales. La persona es un ser que, a la vez que es único,
depende para su existencia de la articulación creativa, sana y productiva, como
se mencionó, con otros.
Las fábulas, pertenecientes al subgénero
literario, con su énfasis pedagógico se han empleado desde hace más de 25
siglos; se caracterizan por ser escritos cortos para comunicar alguna enseñanza
moral o recomendaciones de comportamientos, mediante un grupo variado de
figuras literarias con personajes que usualmente son animales; con ellas se
identifican comportamientos o defectos humanos de amplia presencia en el mundo
social. Esos relatos cortos acaban en determinadas conclusiones, lecciones o
prescripciones morales que, por su intención moralizante, se les denomina
moralejas.
Entre los fabulistas más destacados se
encuentran Esopo, Cayo Julio Fedro, Jean de La Fontaine, Félix María Samaniego,
Tomás de Iriarte, Rafael Pombo y Augusto Monterroso. Ellos buscaron instruir en
los modos de evitar conductas o costumbres inapropiadas, retratar la
imperfección de la personalidad de muchos seres humanos, a la vez que revelar
la presencia de defectos y la ausencia de las necesarias virtudes y valores. La
ironía y otras figuras literarias son propias y necesarias en las fábulas. Con
una intención educativa, resaltan defectos humanos y promueven la formación y
el aprecio por las virtudes esenciales. En algunos casos, hay presencia de
sorna política con retratos del comportamiento de gobernantes; otras contienen
lecciones para quienes somos escritores, como lo hizo Tomás de Iriarte.
Ejemplos de figuras literarias en las fábulas
son: la personificación, que es caracterizante de este género literario, en la
que los animales expresan sentimientos o incurren en determinados
comportamientos humanos; la antítesis, con la que se pretende enseñar
contrastando el buen actuar del malo; la alegoría, en donde los animales
representan conceptos abstractos como la astucia del zorro, la debilidad del
ratón, el poder supremo del león, la terquedad del burro, la lealtad del perro;
la ironía y la metáfora. Con base en la comprensión de los textos de las
fábulas, con las figuras literarias que incorporan, resultará dable para los
estudiantes y los adultos leer para comprender, inferir, descubrir y poder
construir conocimientos y fundar su carácter.
Tomás de Iriarte y Félix María Samaniego
vivieron en la segunda mitad del siglo XVIII; ambos fueron educadores en la
moralidad, aunque con una manifiesta rivalidad; Iriarte, en el prólogo a su
obra de 76 fábulas, acusó a Samaniego de falta de originalidad en la obra que
éste publicó un año antes, en 1781. Las fábulas de Iriarte pusieron el énfasis
en los escritores, en quienes escribimos para publicar y diseminar ideas,
pensamientos y teorías; criticó Iriarte las impropiedades de los escritores de
su época, pletóricos en vanidad, la pedantería, la autosuficiencia y la
envidia; rechazó la soberbia intelectual y el plagio. Son fábulas en las que
los escritores debemos tomar en cuenta a partir del conjunto sabio de sus
moralejas; a la vez que en ellas se infieren lecciones morales para la
escritura que deben conocer y aplicar los alumnos hasta el nivel de la
educación superior, los científicos y los columnistas en periódicos y blogs. (https://tinyurl.com/3f9wp29p).
Alguna de las lecciones morales en la obra de
Tomás de Iriarte está en la fábula «El burro flautista», un asno que de modo
accidental tocó una nota musical y pasó a creerse un virtuoso de la música;
expresó la moraleja: «Sin reglas del arte, borriquitos hay que una vez aciertan
por casualidad».
En la fábula «El Oso, la Mona y el Cerdo»,
el cerdo entrometido juzga el bailar de un oso; este afirmó: «Cuando me
desaprobaba la Mona, llegué a dudar; pero ya que el cerdo me alaba, muy mal
debo de bailar». La moraleja: «Nunca una obra se acredita tanto de mala
como cuando la aplauden los necios». Otras moralejas de Iriarte: en «El Buey
y la Cigarra»: «Muy necio y envidioso es quien afea un pequeño descuido
en una obra grande»; en «El Ruiseñor y el Gorrión»: «Nadie crea
saber tanto, que no tenga más que aprender»; en «La Criada y la Escoba»:
«Hay correctores de obras ajenas, que añaden más errores de los que corrigen»;
en «El Volatín y su Maestro»: «En ninguna facultad puede adelantar el
que no se sujeta a principios»; en «La Rana y la Gallina»: «Al
que trabaja algo, puede disimulársele que lo pregone; el que nada hace, debe
callar». En «La Mona»: «Aunque se vista de seda la mona, mona se
queda» y «Hay trajes propios de algunas profesiones literarias, con los
cuales aparentan muchos el talento que no tienen». Las 76 fábulas completas
de Tomás de Iriarte el lector las encuentra aquí: https://tinyurl.com/bcw37xmj.
Las siguientes son dos fábulas cortas de
Iriarte:
La
Rana y la Gallina
(Al que trabaja algo, puede disimulársele que lo pregone; el que nada hace,
debe callar).
Desde
su charco una parlera Rana
oyó cacarear a una Gallina.
«Vaya (le dijo), no creyera, hermana,
que fueras tan incómoda vecina.
Y con toda esa bulla, ¿qué hay de nuevo?»
–«Nada, sino anunciar que pongo un huevo.»
–«¿Un huevo solo? ¡Y alborotas tanto!»
–«Un huevo solo; sí, señora mía.
¿Te espantas de eso, cuando no me espanto
de oírte cómo graznas noche y día?
Yo, porque sirvo de algo, lo publico;
tú, que de nada sirves, calla el pico».
La Rana y el Renacuajo
(¡Qué despreciable es la poesía de mucha hojarasca!)
En
la orilla del Tajo
hablaba con la Rana el Renacuajo,
alabando las hojas, la espesura
de un gran cañaveral, y su verdura.
Mas luego que del viento
el ímpetu lento
una caña abatió, que cayó al río,
en tono de lección dijo la Rana:
«Ven a verla, hijo mío;
por fuera muy tersa, muy lozana;
por dentro toda fofa, toda vana.»
Si la Rana entendiera poesía,
también de muchos versos lo diría.
Ha sido y puede ser útil el empleo de las
fábulas en los procesos formativos escolares centrados en la formación del
carácter, en las virtudes y en una amplia variedad de habilidades sociales que,
además de sus contenidos, llevan a progresar en la lectura inferencial, en la
comprensión de textos y en la identificación de las figuras literarias, las
cuales no se comprenden sólo mediante su expresión literal. Las lecciones
morales, las moralejas, están insertas en el diario vivir; siempre están
presentes, aunque con frecuencia, y por infortunio no merecidos socialmente,
son ignoradas.
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