Pilares para Escuelas Felices: De la Distopía a la Utopía (Segunda parte)

 

Pilares para Escuelas Felices: De la Distopía a la Utopía (Segunda parte)

Enrique E. Batista J., Ph. D.

https://paideianueva.blogspot.com/

«Desde muy niño tuve que interrumpir la educación para ir a la escuela». — G. García Márquez.

En la primera parte, sobre la distopía y la tristeza que sitian a las escuelas, enraizadas en lo que he llamado «alucinaciones», destaqué ocho pilares necesarios para una escuela alegre.

Agrego en esta segunda parte pilares adicionales para construir modelos de escuelas alegres.

Pilar nueve. Superación de las llamadas dificultades en el aprendizaje. Con asiduidad se desconoce que éstas no residen en el estudiante, sino en el modelo educativo arcaico que niega efectivamente las posibilidades de aprender, obstaculizadas por el formato de organización por aulas y grados, y por la negación de las habilidades específicas de los estudiantes, a quienes el modelo les conculca el derecho y la oportunidad de demostrar sus talentos y sus capacidades para aprender y progresar.

Tales dificultades de aprendizaje son, con alta frecuencia, creadas por el modelo mismo de escuelas para el sufrimiento: un modelo rígido, preservado como por taxidermia durante centurias; carece de flexibilidad bajo la alucinación de que es un modelo con prácticas educativas universales, válidas y apropiadas para todos, en todo momento, año tras año. Quienes no caben en él son precisamente los excluidos, los estigmatizados, y en ellos se acrecienta el sentimiento de desesperanza y de falta de alegría. A quienes han vivido y sufrido en la escuela les es negada la posibilidad de un ambiente positivo para aprender, quedando marcados por el dolor del abandono temprano de la formación escolar. A partir de ahí, cargan el estigma de una inexistente incompetencia para aprender, con amplios efectos perturbadores en la autoestima y la valía de sí mismos, de sus padres y ante la sociedad. Es una lamentable condición que, adosada a la escuela, fomenta no sólo la ausencia de alegría, sino que justifica la exclusión como un fenómeno natural atribuido a los alumnos desertores y no al modelo educativo que anula las posibilidades de progreso de muchos, de esos que sólo cuentan en los análisis estadísticos de la eficiencia interna de un servicio educativo impropio, excluyente y nada productivo.

Pilar diez. Superación de una de las alucinaciones pedagógicas más atávicas que subyace en la base de las escuelas tristes y de la infelicidad: la organización de los procesos formativos escolares por asignaturas que son «dictadas» y examinadas por separado, lejos de las posibilidades de integración por proyectos de aprendizaje activos, cargando con el peso del lastre insoportable que las entristecidas escuelas arrastran desde hace más de 500 años con el denominado currículo y la enseñanza por asignaturas.

Pilar once. La alegría y la búsqueda de la libertad suprema para aprender y vivir se deshacen de los conceptos de currículo y de asignatura. Estas deben ser aprobadas de cualquier manera; contrario a todas las evidencias, el modelo de las escuelas para la tristeza se apoya en propuestas formativas alrededor de asignaturas: un arcaico e insensato modelo que niega el aprendizaje activo y personalizado, prescribiendo lo mismo para todos, en todas las condiciones. Esa alucinación es precisamente uno de los factores que más han influido en que en las escuelas resulte extremadamente difícil promover innovaciones, a la vez que sustenta otra imperturbable alucinación: si los estudiantes no están aprendiendo o carecen de motivación frente a insípidos contenidos y aburridas metodologías, la culpa es de ellos. O simplemente, a guisa de mejoramiento y cambio, se ponen algunos parches o retoques, a veces mal anunciados como innovación, preservando el modelo formativo heredado, con imperturbable vigencia y reinado incólume por la fuerza de la inacción y de la perturbadora tradición.

La arcaica organización de los procesos formativos centrados en el omnipresente y estorboso concepto de currículo está en la base de la ausencia de alegría y de la infelicidad de la escuela; ata a los maestros a modos rígidos de formar, enseñar y promover aprendizajes; modos todavía vigentes que corresponden a épocas asaz idas. Esa es una alucinación que interfiere con la alegría de aprender. No cabe, en el contexto de la sustitución radical de la escuela triste, que ella persista y permanezca anclada a concepciones de organización de los conocimientos y de las estrategias de enseñanza y aprendizaje que llevan más de cinco centurias.

Pilar doce. El modelo de escuela para la alegría y el progreso permanente de cada alumno será una escuela sin calificaciones. La idea de fundamento es sencilla, plasmada en un principio pedagógico de sentido común sobre la misión social de la escuela: promover la alegría de aprender por encima de la amenaza perenne de la examinación, con frecuencia llevada a cabo con ahínco insoportable, de manera asistemática y aleatoria, para cumplir fechas en el calendario escolar y asignar calificaciones. La escuela actual, contrario a este principio, abunda en esa práctica cotidiana, pensada y sustentada como procesos insustituibles, aunque vacuos y fútiles; procesos que contribuyen a la ausencia de alegría y a la infelicidad de tantos alumnos, de sus padres y también de la sociedad, negando el descubrimiento temprano de talentos y la oportunidad de que cada niño progrese con claros criterios morales, éticos, de responsabilidad cívica, principios democráticos, cuidado del planeta y promoción de los derechos humanos.

De ese modo, se mantiene también la alucinación de que los maestros deben calificar a los alumnos con distintos tipos de exámenes, lo cual pervierte el principio de que lo que importa más en la escuela son los procesos formativos que ponen énfasis en la alegría de aprender y crecer, asegurando, como obligación social, moral y pedagógica, el progreso individual y colectivo de todos los alumnos, sin excepción. Acompañan a estas alucinaciones otras que se encuentran en muchos textos de pedagogía, empleados en la formación de maestros, en los que se señala y prescribe que las calificaciones son un elemento motivador para el aprendizaje, que sólo se aprende y se progresa si hay calificaciones, que las calificaciones dictaminan el progreso futuro, personal y laboral de los estudiantes. Alucinación negada por la realidad cotidiana: las calificaciones, plasmadas en expedientes académicos, se corroen en el tiempo por su inutilidad. La examinación y la calificación llevan a la insostenible práctica de que los estudiantes «pierden» asignaturas y, todavía más amplia, la alucinación de que «pueden perder el año». Perder el año no es felicidad. No puede existir una escuela que en su médula abrigue la infelicidad. Nadie sabe dónde se perdió, para encontrarlo.

Tales alucinaciones no son sustentables y no pueden estar presentes en una escuela para la alegría; ellas sustentan la creencia de que es necesario «aprobar» la asignatura en lugar de fomentar, como corresponde a una escuela para la alegría, el aprendizaje continuo en todos los alumnos, sin excepción, de los contenidos, el desarrollo de habilidades, actitudes y valores que, en modelos educativos alternativos, conformen proyectos formativos para que niños y niñas vivan la alegría de aprender y progresar, acrecentando la felicidad colectiva.

En el próximo artículo completaré los 18 pilares para una escuela alegre.

 

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