La Encíclica Magnifica Humanitas Leída por un Maestro

 

La Encíclica Magnifica Humanitas Leída por un Maestro 

Enrique E. Batista J., Ph. D.

https://paideianueva.blogspot.com/

En mayo de 2026, Su Santidad León XIV dio a conocer su «Carta Encíclica Magnifica Humanitas», centrada en la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial (https://tinyurl.com/3r7pwpa6). Como bien es sabido, los Pontífices recurren a las encíclicas como un medio de comunicar a los fieles y a la comunidad mundial las reflexiones y orientaciones de carácter religioso y moral sobre los asuntos apremiantes que afectan a las personas en todo el mundo. Si bien se originan en la máxima autoridad de la Iglesia católica, ellas son reflexiones y recomendaciones para todas las personas, independientemente de la fe religiosa e incluso para aquellas que carecen de ella. Así bien lo destaca en su Carta Encíclica el Papa León XIV: «A todos los fieles católicos, a todos los cristianos, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad les dirijo un vehemente llamamiento: no temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo».

En el ámbito de la escuela y la familia, destaca el Pontífice la creciente necesidad de una nueva conciencia educativa y la formación en el uso correcto y crítico de las herramientas digitales, dado el riesgo de que, con la inteligencia artificial, la dignidad de la persona pueda verse eclipsada por formas de deshumanización nuevas; por ello, «a cada uno corresponde su tramo de muralla: científicos e investigadores, empresarios y trabajadores, educadores y legisladores, sociedad civil, movimientos populares y comunidades de fe».

Conviene acometer el análisis de esta encíclica desde diversos ángulos o puntos de vista. Aquí lo haré desde la perspectiva de un maestro, enfatizando que la educación no está ausente, ni podía estarlo en esta Encíclica, ya que los procesos formativos escolares incumben a todos en cuanto personas revestidas de dignidad y de derechos, independientemente de las creencias religiosas que posean.

En su análisis, el Papa resalta que los desarrollos tecnológicos no deben considerarse como antagónicos a las personas; ellos son realizaciones profundamente humanas ligadas a la autonomía y libertad que tienen los hombres. Han contribuido a mejorar las condiciones de vida de todos, aunque se precisa reconocer su lado negativo cuando son capaces de causar daños y sus aplicaciones no van dirigidas al bien común. Es necesario conocerlos para evitar los efectos dañinos sobre la dignidad de las personas y el bien común. «Pienso —anota el Papa— que actualmente, para custodiar a la persona humana en el tiempo de la IA, debemos volver a reflexionar sobre el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la justicia social».

La expresión «el bien común» recorre la Carta papal; es mencionada en ella 69 veces, el cual se asocia a la dignidad humana entendida en sus diferentes dimensiones: dignidad moral, referida a la manera como la persona orienta sus decisiones y su actuar; dignidad social, atenida a las condiciones de vida de las personas; dignidad existencial, que alude a cómo el ser humano percibe su valor y su propia vida; y la más importante, en el concepto del Pontífice, la dignidad ontológica, esa que posee cada uno por el hecho de existir. Los derechos humanos, por ser inherentes a todos y a su dignidad, son universales e inalienables, pero sufren hoy dos riesgos graves: ser una declaración puramente formal y que, con los avances tecnológicos, se evidencien violaciones a la dignidad humana. Para los maestros, y para que sea entendido por toda la sociedad global, es preciso resaltar que enseñar es una labor ética, regida por valores y principios universales; el ejercicio educativo, además de lo ético y tecnológico, es ecológico: tiene que ver con el conocimiento y el cuidado del planeta, la «Casa Común».

La verdad es un bien que hay que compartir. La búsqueda de la verdad es un componente esencial de la democracia; lo verdadero se asocia con frecuencia a lo pragmático, lo útil o eficaz. Quienes controlan medios de comunicación y plataformas digitales influyen para crear su conveniente visión de la realidad y de lo que es verdadero, alejando la posibilidad de la maduración de la libertad interior, del pensamiento crítico y, en el proceso, debilitando la democracia. La verdad es un bien común y no una propiedad de quienes tienen poder o visibilidad, recalca el Papa.

La acción pedagógica tiene que ver con la justicia social; muchos prejuicios y alucinaciones de prácticas escolares la niegan. El mundo creado por las tecnologías digitales, entre ellas la IA, cambia los modos de acceder a la información, con el riesgo de que surjan nuevas formas de exclusión y de privación de la libertad de personas y de las comunidades expuestas a una vigilancia invasiva, perjudicadas por algoritmos que reproducen prejuicios y discriminaciones. Se requiere un orden social justo en la era digital con la garantía de que todos tengan un acceso igualitario a las oportunidades positivas que se crean; un orden que se oponga al odio y a la desinformación, en el que exista control público sobre el uso de los datos y de las tecnologías, y que enfatice no solo su uso, sino la dignidad de cada persona y el bien común. La IA es ya un ambiente en el que estamos inmersos y un poder que debemos afrontar. Por eso, no basta regularla; es necesario desarmarla y hacerla acogedora. Las tecnologías digitales y otras ciencias pueden ayudar a consolidar un desarrollo humano integral y el cuidado del planeta.

Plantea el Pontífice el gran desafío pedagógico, asociado a la creación de nuevos modelos educativos, a la necesidad de replantear la formación de los maestros y a la promoción del uso concienzudo de dichos avances por ellos y por los alumnos. Los sistemas educativos tienen dificultades para actualizarse ante esos avances, incluidos los de la IA; los planes de estudio resultan ya obsoletos. Se corre el riesgo, por falta de atención a las amenazas, de que pueda surgir un modelo de educación carente de amor por la verdad, en el que la abundancia de información anule la investigación, el análisis crítico y la creatividad, y se exagere la existencia de conocimientos fragmentarios y la debida y necesaria conexión de la información con los conocimientos. Se precisa de una «alianza educativa renovada…, porque la escuela no está llamada a perseguir la velocidad del mundo digital, sino a ofrecer aquello que lo digital por sí solo no puede dar: tiempo compartido para aprender y relaciones fiables». La escuela es el espacio donde se aprende a buscar y a amar la verdad, a cuestionar el sentido de la vida y a promover la dignidad de cada persona.

Destaca el Pontífice algunos retos importantes que enfrenta la educación hoy. El primero de ellos es de carácter sociopolítico, el cual es un asunto global en el que persisten desigualdades en el acceso a la educación y la baja inversión de recursos por parte de los Estados para apoyar ese acceso con calidad para todos. El segundo desafío es de carácter pedagógico; muchos sistemas educativos carecen de los conocimientos para actualizarse; como se mencionó, las tecnologías de la información y la IA han hecho que los planes de estudio respondan a otras épocas y, por lo tanto, ya son obsoletos, mientras que la organización de la escuela, sus espacios, los métodos de evaluación y el maestro continúan anclados a esas concepciones anteriores a la época actual (esas concepciones que he denominado alucinaciones).

Así, el Papa enfatiza la necesidad de la formación continua de los maestros a lo largo de su vida profesional, de tal manera que puedan tener una visión positiva y crítica frente a las nuevas tecnologías y poder facilitar en los estudiantes el uso creativo, responsable y también crítico de las mismas, para que no sean los unos y los otros sujetos pasivos de la influencia de tales tecnologías.

El tercer gran desafío, caracterizado como intelectual y sapiencial, se refiere al riesgo de montar estructuras educativas carentes de amor por la verdad, donde el acceso al flujo de información abundante sustituya la reflexión y el análisis crítico, y lleve a una abundancia de conocimientos fragmentados y a la dificultad de conectar la información con los conocimientos.

La familia, expresa el Papa, «es un bien social primario. Fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es el primer entorno en el que cada persona desarrolla su potencial, toma conciencia de su dignidad y aprende las primeras formas de verdad y bondad, interiorizando hábitos que la preparan para la vida en sociedad…, dotada de derechos originales, es la célula fundamental e insustituible de toda organización comunitaria».

Como principios de filosofía educativa, el Pontífice estimula a las familias, a las escuelas, a las comunidades en general y al conjunto de las instituciones públicas a una alianza educativa renovada para alcanzar objetivos educativos: «Educar en la sobriedad y en el sentido de los límites; educar en el reconocimiento del derecho del otro y de quienes vendrán después de nosotros a disfrutar de los bienes que nos han sido dados, o que el ingenio humano pone a nuestra disposición; educar en la libertad y en la responsabilidad; educar en el sentido de la trascendencia y del bien común».

Resulta prioritario analizar la verdad y la educación, el trabajo y las familias, hablar del efecto de la revolución digital sobre la libertad humana y sobre las formas más sutiles de dependencia vinculadas a la economía digital. Ahí se evidencia la urgente necesidad de promover el acceso y empleo de las tecnologías digitales para reforzar la libertad interior, una educación en la sobriedad digital, con la protección de los menores y en lucha contra los modelos que prosperan a costa de la vulnerabilidad, con frecuencia inducida, de todos.

Concluye la Carta Encíclica con un mensaje para todos:

¡Invirtamos en la educación que empieza por nosotros mismos! Todos necesitamos formarnos para vivir en el mundo digital de manera humana. Debemos educarnos para considerar el mundo digital como un nuevo continente por evangelizar. De modo particular, además, se necesitan adultos que redescubran su vocación de artesanos de la educación, dispuestos a un trabajo diario, paciente y sostenido por amplias y compartidas alianzas educativas. Acompañar a los niños y jóvenes para que utilicen las tecnologías como espacio de relación responsable, ayudándoles a reconocer los riesgos y a elegir lo que hace crecer la libertad interior, representa hoy una forma concreta de caridad y de salvaguardia de su dignidad. Educar a las nuevas generaciones para que logren creer que la evolución de las tecnologías no sigue un camino inevitable, sino que puede estar orientada por la responsabilidad personal y colectiva, constituye uno de los servicios más valiosos al bien común.

 

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