De la Distopía a la Utopía: Pilares para Construir Escuelas Felices. (Primera parte)

 

De la Distopía a la Utopía: Pilares para Construir Escuelas Felices. (Primera parte)

Enrique E. Batista J., Ph. D.

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«Desde muy niño tuve que interrumpir la educación para ir a la escuela». — G. García Márquez.

Vivimos en una sociedad global distópica con servicios educativos igualmente distópicos. A las nuevas generaciones se les ofrece una formación escolar recorrida por la distopía, alejada de la alegría de aprender, de la búsqueda de la felicidad, del bienestar colectivo y del bien común. Se precisa edificar una nueva escuela para asegurarles a ellas un mundo presente y futuro transitado por la igualdad, la justicia, la libertad y la eticidad como fundamentos del bien inalienable de la felicidad.

La distopía se enraíza en lo que he llamado «alucinaciones», las cuales se refieren a un conjunto extenso de creencias sobre la educación y sus fines, y a prácticas pedagógicas que contrarían hasta el mismo sentido común. Ejemplos de ellas son: la creencia y convicción de que si un alumno «aprueba» un examen es evidencia clara de que ha aprendido; o que si alcanza un puntaje del 60 %, se pueden dar por satisfechos los objetivos propuestos de aprendizaje.

Ningún niño nace infeliz. Pero sí nace con el fundamental e inalienable derecho de alcanzar la felicidad; corresponde al mundo de los adultos y a los Estados garantizar los medios para lograrla. Tarde o temprano, el niño comienza a vivir el sentimiento de infelicidad, aprendido y experimentado con inclementes trancazos y con asiduidad repetitiva. Experimenta una realidad que no entiende y que, con frecuencia, nunca entenderá.

No fueron las escuelas creadas para criar y añejar, en los muy tiernos corazones de los niños, la infelicidad. Se puede establecer un paralelo con la sentencia de García Márquez en el epígrafe de este artículo, expresando que los niños, en abiertas decisiones distópicas, son forzados a abandonar la dicha de crecer y de aprender en libertad, de sentir la protección, el cariño y la seguridad hogareña, así como de vivir el juego alegre con los demás de su edad, para entrar a la escuela, lugar que les es anunciado, y seguramente añorado por ellos, como tierra prometida de diversión, de aprendizaje, de crecimiento, de dicha, alegría y paz.

Pero allí, en la escuela, muchos incuban el sentimiento de la infelicidad por las reglas ilógicas de la misma institución, por las relaciones torcidas con algunos compañeros, por la incomprensión de algunos maestros que no pueden asumir a plenitud su rol de promover la salud física y mental de sus estudiantes, porque muchos de ellos también viven su propia infelicidad. Se requieren, entonces, escuelas para la alegría, preludio de la construcción de la felicidad individual y colectiva. Las escuelas felices se sustentarán en sólidos pilares.

Pilar uno o pilar fundacional. Las escuelas para la alegría y la felicidad se sustentan en el principio de que su rol social y el conjunto de sus metas formativas se centran en la garantía del derecho de las nuevas generaciones a una educación con adecuada y pertinente calidad para todos, según contextos locales y valores culturales globales. La escuela cultiva la igualdad, la justicia, la libertad y la eticidad como fundamentos del bien inalienable de la felicidad individual y del bien común universal.

Pilar dos. La escuela en su esencia es alegre. En su origen etimológico, en la Grecia antigua, el vocablo «escuela» significó «ocio», en el sentido de sosiego, tranquilidad y tiempo libre dedicado al aprendizaje y al desarrollo de las potencialidades personales. Existe, desde entonces, una contradicción esencial cuando una escuela no es alegre, si entristece a los niños, si ahonda los factores que afectan, acrecientan o limitan la alegría y la dicha de aprender y de crecer. Desde su pilar fundacional se dirá, con reiteración, que la escuela, por su esencia, es alegre; alegría fundamentada precisamente en el desarrollo de ella para vivir y aprender, para crecer y para amar, para ser solidario, para el desarrollo de una personalidad plena y sana y, sí, también para formar para la paz.

Pilar tres. Cuando se habla y se proponen escuelas para la alegría y la felicidad, cada una de ellas debe tener entre sus pilares la promoción, crianza, mantenimiento y crecimiento en la alegría de los educandos y, obviamente, de todos los miembros de las comunidades educativas, plenos de salud mental y de satisfacción con su trabajo.

Pilar cuatro. La nueva escuela no puede subsistir al lado del ancestral modelo de la escuela para la tristeza y el desgano para aprender. La escuela para la felicidad empezará, florecerá y fructificará, con sólido y perdurable enraizamiento, cuando se cierre y se acabe el modelo de la escuela actual, con su impronta de escuela para la tristeza, el miedo, la exclusión y la negación de la posibilidad de aprendizajes cognitivos, afectivos y sociales de alto nivel; procesos formativos que son cardinales para la construcción de relaciones sanas, productivas y de felicidad con los demás.

Pilar cinco. Será otro pilar primordial de la escuela para la alegría de aprender y crecer que ella tenga una habitabilidad acorde con la dignidad humana. Ahora las escuelas son lugares en donde los niños pasan una parte sustancial de su vida usualmente en condiciones nada propicias para el aprendizaje y para el afianzamiento del sentido de valía y de autoestima. Algunas construcciones más recientes mejoran espacios desde el punto de vista visual, pero no afectan al conjunto global de factores que concurren para llegar a ser una escuela feliz. Las construcciones, que a veces son meros emplazamientos físicos, atentan con perturbadora frecuencia contra la dignidad humana de los niños y de los maestros; dignidad que les es negada desde los criterios de construcción de las escuelas anclados en la preservación de los ambientes tradicionales e impropios de siempre. La habitabilidad de una escuela alegre con ambientes apropiados para el éxito en la formación escolar exige, aparte de los medios para el aprendizaje, que tengan mobiliario cómodo para distintos proyectos de aprendizaje, adecuada ventilación e iluminación, control de la temperatura, electricidad, conectividad, agua potable, jabón y demás elementos necesarios para el aseo, servicios sanitarios adecuados y limpios con atención a las necesidades particulares que tienen las niñas, las adolescentes y las maestras.

Pilar seis. La escuela alegre se crea y se recrea apoyada en procesos de innovación para la enseñanza y el aprendizaje. En la conocida resistencia al cambio y con la terca preservación del modelo de las escuelas tristes, con intolerable frecuencia importan más los diseños arquitectónicos, en donde los espacios escolares se diseñan con criterios —como se mencionó— de proyectos inmobiliarios, más que como ambientes concebidos y construidos para las innovaciones educativas y para las variantes flexibles que exigen los nuevos y necesarios ambientes de aprendizaje. Muchas de las construcciones son adaptaciones o remiendos impropios, de rápido desgaste, que con celeridad amenazan ruina; son obras resultantes de decisiones a la carrera, más como un resguardo para maestros y alumnos de las inclemencias climáticas que como espacios que inviten a la alegría de aprender y a la construcción de un fundamentado sentido de valía, de progreso y del asentamiento de un sentido claro del mejor estar y de la felicidad colectiva.

Pilar siete, o más allá de las aulas. Que además de negar y de obstaculizar la innovación pedagógica, enjaulan la alegría, la creatividad y los talentos de alumnos y maestros. En la escuela para la alegría, el aula tradicional es prescindible. En ellas los alumnos se sienten (y se sientan) enjaulados, como atrapados en jaulas de la tristeza, encadenados a disciplinas y rutinas insoportables. El lenguaje que ellos emplean delata con claridad la crítica y amarga situación, como bien se manifiesta cuando finaliza la jornada escolar. Dicen: «Ya nos soltaron»; efectivamente, el tiempo de permanencia en la escuela lo sienten y lo viven atados y encerrados en aulas intolerables, que les niegan la posibilidad efectiva de aprender. Ese grito de alegría es una manifestación del encierro que les niega la libertad de aprender, de crear y de manifestar sus propios talentos; en fin, atrapados y enjaulados con la negación de poder aprender a ser felices. Los canarios y turpiales enjaulados no ofrecen con sus cantos conciertos sinfónicos para la dicha de su victimario, sino que son gritos impacientes y dolorosos para ser libres; cuando cese el atroz encerramiento, podrán decir exactamente como lo hacen los alumnos: «Ya nos soltaron». Es la dicha de la libertad.

Pilar ocho. En lugar del aula como espacio único para la formación escolar, como se ha insistido tantas veces, se requieren ambientes interactivos múltiples de aprendizaje, dotados con la variedad de recursos necesarios para alcanzar las metas formativas. En el modelo de escuelas para la alegría desaparece el concepto tradicional del aula como sitio único, insustituible, alrededor del cual se «dictan» contenidos y se ejerce la disciplina, con la alucinación de que todos estarán atentos, aprenderán lo mismo, a la misma velocidad y con la misma alta motivación. El aula es el espacio (usualmente carente de la habitabilidad mencionada) para el aprendizaje pasivo, la memorización superficial y la toma de notas para un posterior examen; una alucinación que lleva a que, al fin, se aprenderá con el repaso para el examen de las notas de clase.

 

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