Las universidades: descarriadas en su misión. (Segunda parte)

 

Las universidades: descarriadas en su misión. (Segunda parte)

Enrique E. Batista J., Ph. D.

https://paideianueva.blogspot.com/

 

A raíz de un artículo mío sobre el horizonte incierto de las instituciones de educación superior en el mundo, un renombrado notario de Colombia me preguntó: «¿Desaparecerán las universidades?». Y una connotada investigadora y profesora universitaria me escribió: «Pero ¿para dónde vamos?, ¿vislumbras el camino?». Son preguntas precisas e inquietantes. Conviene, con el propósito de dar respuestas, comprometerse con algo de futurología en este y mi siguiente artículo.

Para comenzar, este es un asunto que surge desde el modelo mismo de operación de la universidad y de su desgaste frente a los tantos roles sociales que autoadquirió o que le fueron asignados; frente a los cuales se ha desenfocado por agotamiento, por el abandono de la formación ética y por los atrasos ante acelerados e intensos acontecimientos globales, incluidos los campos de las ciencias y las tecnologías. Su función, con predominio profesionalizante, carece hoy de la misma pertinencia en la que fundamentó su existencia y reconocimiento social. Hoy están envueltas en un enmarañado y destructor tornado en cuyo vórtice se arremolinaron y confundieron muchos de los principios y supuestos sobre los cuales, en el pasado, consolidaron credibilidad y vigencia.

Resalto que efectivamente desaparecerá el modelo de universidad vigente, el cual ya agotó su energía vital para responder con un rol fenecido a las necesidades actuales y a las no muy previsibles, aun a mediano plazo, de las sociedades. No persistirá ella con su meta central de formar profesionales para que, con un certificado académico, puedan los graduados ejercer por el resto de sus vidas una determinada profesión, lo que ya no es una posibilidad real; los grados, los títulos y las diversas formas de certificación profesional o laboral han perdido, y siguen perdiendo, valía.

Han surgido y seguirán brotando nuevas formas de demostrar las habilidades y los conocimientos para el desempeño de diversas tareas y funciones. También brotarán, como salvadores manantiales, nuevas organizaciones que irrigarán con más oportunidad y mayor grado de satisfacción la formación requerida por quienes estudian, se cualifican o recualifican. Así mismo, cesará la creencia de que con las certificaciones o expedientes académicos universitarios el graduado alcanzará un espacio digno en la sociedad y un posicionamiento alto en el mundo laboral con ingresos y seguridad social satisfactorios.

Sabemos que a las universidades se les han socavado los fundamentos sobre los que brillaron por siglos; para ellas se vislumbra un futuro incierto. Su identidad ha perdido no solo brillo, sino atracción en todos los sectores sociales, especialmente entre los jóvenes en este mundo convulsionado, regido por la violencia, las catástrofes naturales y las guerras. Son realidades punzantes que las encierran en laberintos desde los cuales entrevén un panorama oscuro y una permanencia con vigencia incierta.

Como siempre se dijo, la universidad cultivó la tendencia a encerrarse con sus conocimientos y con las posibles soluciones a los problemas en sus propias torres de marfil; conocimientos enclavados y aislados en silos herméticos de difícil acceso para la población en general. Ya le llegó el tiempo y las circunstancias para dejar de ser una universidad de torres de marfil acompañada, como en escaques de ajedrez, por celosos alfiles cuidadores y garantes de su fantaseado reinado, con gran cantidad de saberes y sabores añejos, lejos de las realidades locales y globales.

Ya no podrá ser una institución para acumular información o saberes en los silos mencionados, con conocimientos avinagrados que se agotan por autoignición. No será una institución para acumular información o saberes en esos añejos depósitos custodiados en sus encerrados claustros, porque la fuerza de los acontecimientos ha perturbado su estabilidad; ya no podrá tampoco seguir siendo ajena a las desigualdades sociales, a la extinción de culturas, al sometimiento a contravalores extraños, a las crisis ambientales, al arrasamiento de los recursos naturales y a los atropellos a la identidad cultural de grupos poblacionales y naciones.

Se han mercantilizado sus funciones, con privilegio económico para unos pocos miembros de la comunidad universitaria, lo que ha contribuido a pervertir la valía intrínseca de la generación de conocimientos y el usufructo universal y abierto de estos. En ella ha germinado el camino a la privatización del conocimiento, el cual debe ser público, en especial cuando en su gestión y logros se emplean precisamente recursos públicos (entre ellos, el salario de los profesores y demás miembros de las organizaciones universitarias estatales); lo que se origina en lo público debe permanecer ahí, en lo público. Si bien en el modelo de universidad vigente se proclama como una de sus misiones contribuir a la solución de punzantes problemas sociales, el modelo pervertido privilegia un saber a escondidas, en una especie de cómplice maridaje con empresas u organizaciones que comercializan esos saberes.

La misión de producción intelectual (académica, científica, tecnológica, cultural, pedagógica, literaria y artística) debe tener un enfoque solidario y altruista centrado en la apropiación social de los diferentes productos de los saberes. Ocurre que tal misión ha sido pervertida bajo un enfoque egoísta y mercantilista que ha servido para desfigurarla, privilegiando, con exclusión de otros campos, la creación en aquellos que puedan asegurar insulsos prestigios, rentabilidad e intereses económicos privados.

Con visibilidad perturbadora se ha acunado entre los miembros de la comunidad universitaria global un desenfoque que ha causado que, por encima de la valía social, cuente más crear o investigar para publicar (aunque muy pocos sean los lectores) en revistas indizadas que generan prestigio para la misma universidad, así como para los escritores. Esta situación, como ha sido mencionado tantas veces, reduce a su mínima expresión los supremos y valiosos fines que habían orientado a la universidad y mantenido su esencia. Se trata de un prestigio con aspiración vacua, por encima de la alta pertinencia social.

El mismo concepto de educación superior ha perdido y perderá el adjetivo de «superior», así como también la cifra algo mágica con la que alguna vez se decidió que para formar profesionales era estrictamente necesario cursar asignaturas (con frecuencia aprobadas de cualquier manera) durante cuatro o cinco años en una organización burocratizada por departamentos y facultades, que separan en cubículos independientes los saberes que se han vuelto cada vez más integrados. En los nuevos modelos de universidad no perdurará la formación actual en diversos campos profesionales superados por las ciencias y las tecnologías, y que ya no responden a necesidades sociales o a espacios ocupacionales en el campo laboral.

Los llamados planes de estudio —y no planes de aprendizaje—, usualmente acuñados bajo el rótulo de «el currículo de la carrera», dividen en módulos ilógicos los procesos formativos con logros correspondientes a campos que de modo acelerado pierden o ya han perdido vigencia o validez. Son logros para campos ya superados, pero que son certificados por las tradicionales calificaciones, lejos de la validación o innovación social y de los modos de promover el pensamiento crítico, la creatividad y el aprendizaje, apoyados en los avances científicos de las ciencias del aprendizaje y en los modos como el cerebro procesa la información para generar conocimiento genuino, perdurable y con significación personal y social.

Es evidente que, aparte del desconocimiento de cómo el cerebro procesa la información para así generar estrategias adecuadas de aprendizaje, está el grupo amplio de profesores contratados a término fijo, a manera de freelancers, para «dictar» contenidos en clases con períodos de tiempo mágicamente establecidos; muchos de ellos tienen saberes desactualizados, mientras que otros asumen la labor universitaria como un segundo empleo o como la opción ante el abrumador desempleo en varios campos profesionales. Obsolescencia es mucho de lo que se enseña y, tal vez, se aprende, en un ejercicio de inutilidad.

 

Se precisa la proclamada transformación del modelo vigente de universidad hacia modelos alternativos, y no únicos, que den cuenta de la formación para la sociedad, la civilidad, la cultura, la vida, el mundo natural y el trabajo. Los nuevos modelos responderán a las variadas clases de crisis emergentes. Los pilares y ejes que, a modo de futurología, pueden caracterizarlos los expresaré en mi próximo artículo.

 

 

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