Seis C para la Seguridad, Bioseguridad y Ciberseguridad de los Niños y Jóvenes
Seis C para la Seguridad,
Bioseguridad y Ciberseguridad de los Niños y Jóvenes
Enrique E. Batista J., Ph. D.
https://paideianueva.blogspot.com/
El peligro es inmanente a la misma condición de
existir. De vivir en un mundo en donde la naturaleza misma es, y puede seguir
siendo, adversa al bienestar de los humanos, ya sea por riesgos creados debidos
a fenómenos naturales (ahora cada vez más crecientes), pero también por la
amenaza que distintas formas de vida pueden representar para la seguridad de
las personas.
Vivir, entonces, es un ejercicio consciente de
esquivar los peligros; el vivir seguro es un requisito esencial que implica el
desarrollo de distintos tipos de habilidades para que, con agudeza cognitiva y
mental, se pueda entender la esencia de los peligros (en la misma naturaleza y
en la sociedad), anticipar salidas exitosas y evitar ambientes y circunstancias
en donde el peligro no sólo sea latente, sino real o inminente.
Cuidar la vida es, entonces, una habilidad construida
y heredada por cada generación. El ser humano necesita ser bioseguro, alejarse
de contextos y ambientes naturales y sociales tóxicos. El cuidado propio de la
vida depende del conjunto de estrategias creadas, aprendidas y constantemente
innovadas para permanecer vivos. De modo paradójico, la bioseguridad implica a
la vez la defensa, a veces de modo cruento, de otros seres humanos. El
conflicto bélico casi siempre ha sido el resultado de malos entendimientos que,
con predecible consecuencia, han afectado la seguridad de los grupos
humanos.
Existe, y persiste, la hipótesis de que los humanos
estamos condenados a la guerra, a vivir con la inseguridad a manera de una
impronta que nos caracteriza, a vivir inseguros; y ahora más con la abundancia de fenómenos
naturales cada vez más perturbadores, la inminencia de una extinción masiva de
todos los seres vivos debido, entre otros factores, al calentamiento global y
al número creciente de conflictos bélicos con herramientas de guerra, incluidas
las nucleares, que pueden estar al alcance de personas o de grupos que, por
razones ideológicas contrarias al buen vivir, desarrollan el potencial de
afectar la seguridad de todos.
El río y los mares, que pueden ser concebidos como
lugares de relajación, gozo y paz mental, encierran, como todos sabemos, por
factores antrópicos, peligros inminentes. Muchos seres humanos son, en sí
mismos, una fuente de inseguridad. Es costumbre escuchar que los ciudadanos no
se sienten seguros en sus ciudades, o en los campos, por el temor a otros
humanos. Tampoco, como es bien reconocido, en las escuelas donde se aprenden
los valores de la convivencia, las buenas costumbres y la civilidad, es cada
vez más frecuente que alumnos y maestros convivan con los riesgos para su
seguridad e integridad física y mental.
En varios momentos de la historia, los niños y jóvenes
fueron preparados para la guerra, como una manera de preservar la seguridad de
sus comunidades o naciones. Hoy todavía se puede reconocer que niños y
adolescentes son reclutados para la guerra en lugar de estar recibiendo
formación familiar, escolar y social para la convivencia pacífica. Siempre
sonará contradictorio que la escuela pueda ser un sitio de formación para el
conflicto, el odio, la violencia y la guerra.
En el mundo interconectado, con el fácil acceso a
recursos de comunicación, la inseguridad se ha acrecentado. Existe la seguridad
que da la ternura maternal, el cariño de los amigos, el amor fraternal y aquel
que acrecienta la ternura que el dios Eros tiene reservada para los que, en
dulces romances, se aman. Si la calle y los distintos ambientes citadinos (y
los rurales caracterizados como bucólicos e idílicos) son cada vez más cercanos
a la siembra de la discordia y la violencia. La inseguridad del mundo físico ha
sido trasplantada a los ambientes digitales, en donde parece no entenderse el
valor de la civilidad, de las normas de la buena conducta ni las reglas del
buen vivir como ciudadanos.
Así, la comunicación humana, como elemento fundamental
de la construcción de humanidad, se ha tornado en un campo en donde la
seguridad personal, física, psicológica, social y moral está permanentemente
amenazada con abiertos comportamientos de libertinaje, con la aplicación de la
regla de que todo cabe, de que no hay responsabilidad exigible por acciones y
comportamientos amorales, impropios e ilegales y que, con infundada creencia,
todo es anónimo y que todo se puede. Es decir, el mundo interconectado está
regido por la ciberinseguridad.
Distintos países han avanzado en normas de
ciberseguridad. Más recientemente, se han expedido regulaciones para prohibir
la suscripción a redes sociales de niños y adolescentes; se ha fijado como
límite la edad alrededor de 16 años; avances muy importantes, pero también
insuficientes. Se requieren procesos formativos para toda la ciudadanía y el
establecimiento de reglas de protección que mantengan la ciberseguridad para
todos.
Si cuidamos a los niños en el mundo físico, es muy
importante recordar que el mundo digital es igual o más peligroso, con la
desventaja de que es más difícil ejercer control sobre las diversas conductas
en que puedan incurrir los niños al ser arrastrados en tropel y de manera
inmisericorde al universo de comportamientos en línea.
En la Unión Europea
se ha expedido la clasificación de los riesgos online que tienen los niños y
jóvenes, con las «Cuatro C» sobre. Esa clasificación se expresa en
cuatro categorías: Contenido, Contacto, Conducta y Contrato
(también denominado Comercio), cruzadas con tres componentes: Agresivo,
Sexual y Valores.
El gráfico siguiente resume la propuesta:
Clasificación de los riesgos de los menores en línea
La propuesta agrega los
siguientes componentes transversales: Violaciones a la
privacidad (interpersonales, institucionales, comerciales), riesgos físicos y
de salud mental (sedentarismo, uso excesivo de pantallas, aislamiento,
ansiedad), desigualdades y discriminación (inclusión/exclusión, explotación de
vulnerabilidad, sesgo algorítmico, analítica predictiva). (https://shorturl.at/TCluM, https://shorturl.at/aBbdg, https://shorturl.at/p5ctn).
A ellas, he agregado
personalmente otras dos C para la ciberseguridad de los niños y jóvenes:
Conciencia y Cooperación. Conciencia, para asegurar que los menores son conscientes y
comprenden que en el mundo digital existen tantos, o más riesgos, como en el
mundo físico; sin la conciencia y conocimientos de tales riesgos, seguirán
siendo presas fáciles de la perfilación, de la intención abierta de llevarlos a
la insanidad mental, de ser clínicamente adictos hasta alcanzar la humillante
condición de la esclavitud digital. La C, de Cooperación, se refiere a
la circunstancia de que no basta una clasificación de los riesgos, sino que se
requieren acciones por parte de las entidades de orden mundial que aseguran el
derecho de niños y jóvenes, de los gobiernos, de los padres de familia y
también de los maestros; ese esfuerzo cooperativo podrá asegurar una vida mucho
más segura, en el mundo físico y en el ciberespacio, para niños y jóvenes.
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