La Vara y la Corrección Dan Sabiduría: Creencias Sobre Cómo Aprenden los Niños
La Vara y la Corrección Dan Sabiduría:
Creencias Sobre Cómo Aprenden los Niños
Enrique
E. Batista J., Ph. D.
https://paideianueva.blogspot.com/
La
sapiencia pedagógica, paradójicamente, no siempre ha estado llena de sabiduría,
erudición y comprensión de la naturaleza humana y de los procesos cognitivos y
afectivos que rigen el aprendizaje. Más bien, ha estado recorrida por visiones
ideologizadas, mandatos religiosos o místicos, por falsas creencias sobre el
desarrollo humano y por concepciones distorsionadas sobre la naturaleza del
niño y de la mente humana.
Algunas
reglas, abstrusas u obtusas, se volvieron de obligatorio cumplimiento para
quienes han tenido la tarea de educar, especialmente por parte de los padres de
familia y los maestros. Con fundamento o no, las creencias se convirtieron en
dogmas y reglas invariables, en prácticas absurdas e injustificadas, sin
mostrar resultados productivos frente a lo que pudiesen ser otras estrategias
para fomentar el aprendizaje y el progreso constante. O sea, históricamente ha
valido más la concepción y las creencias heredadas, carentes de fundamentación,
sobre qué es el aprendizaje y sobre cómo se aprende, que las justificadas o
probadas evidencias de progreso continuo frente a modos alternativos de
fomentar el proceso formativo de los niños.
Han
sido oleadas de creencias mantenidas como principios invariables, que se han
expresado o consolidado en la forma de proverbios, refranes, sentencias
orientadoras, metáforas, símiles, orientaciones filosóficas y en otra variedad
de métodos que incluyen las fábulas y hasta los mitos. Siempre han estado
presentes las recompensas, los estímulos y también los castigos. A la larga,
sin que muchos se inmutaran, fluyeron sin obstáculos para convertirse en
prácticas pedagógicas, enseñadas y heredadas, en reglas de obligatoria
aplicación.
La
vara y la corrección dan sabiduría. Un proverbio en la Biblia
(29:15) dice: «La vara y la corrección dan sabiduría; mas el muchacho
consentido avergonzará a su madre». La zanahoria y el garrote deben ir
acompañados para que el niño alcance la sabiduría y sea un orgullo, y no una
ofensa para sus padres. Aprender, entonces, implica responder a los deseos de
los padres, honrarlos; pero a la vez, los padres tienen la obligación de
criarlos con límites, basados en la disciplina y en la orientación familiar, en
lugar de dejarlos a un libre y tormentoso desarrollo que los malforma; proceso
en el que, a la larga, resulta el hijo avergonzando a sus padres con su
comportamiento dada la falta de orientación y corrección. Como es evidente en
el texto del proverbio, cuando se aparte del comportamiento correcto que lleva
a la sabiduría, los padres están imbuidos de la autoridad para educar con la
vara, con castigos merecidos.
Un
padre que mime en exceso al hijo, que le permita crecer sin límites y sin
restricciones para actuar ante sí y ante los demás, que le permita crecer con
abundantes resabios y comportamientos impropios y antisociales, efectivamente
ofenderá a los padres, pero también a la sociedad en general. Los principios
derivados de este proverbio dieron fundamento a muchas prácticas escolares y
creencias aún vigentes sobre cómo se aprende, cómo se alcanzan los
conocimientos y también cómo se forma el carácter de los hijos. La regla es: o
se corrige o lo hace la convincente vara con su poder, fincado en el dolor y en
el castigo. Se puede inferir también que avergonzar a la madre era un pecado,
el cual quedó reflejado en el Cuarto Mandamiento: «Honrarás a tu padre y a tu
madre». En este caso, el castigo tendría el aval de la vara del Padre Superior.
Existe
en inglés una variante que dice: «Spare the rod, spoil the child» («No
ahorres la vara o malcriarás al niño»). O sea, consentir en exceso, la
abundante complacencia y la sobreprotección malformarán al niño; la vara se
expresa como un medio de mantener la formación personal y social.
La
letra con sangre entra fue (y lo sigue siendo en variedad de
contextos educativos y religiosos) un principio para el aprendizaje y la
formación de la recta personalidad. Se fundamenta en el proverbio mencionado
como una de sus variantes. El dolor como castigo por tener dificultad para
aprender o para mostrar el debido comportamiento social es concebido como un
medio legítimo para asegurar el recto desarrollo de cada persona. El dolor,
bajo esta concepción, supone que se refuerza el aprendizaje y se resalta la
impropiedad de los métodos de crianza que puedan tener los padres y los de
enseñanza que puedan emplear los maestros. Unos y otros quedan, bajo este
principio, habilitados para castigar e infligir penas impetuosas y recias a
quienes expresen comportamientos desadaptados o no alcancen a aprender acorde
con la expectativa que puedan tener padres y maestros, desconociendo los
distintos ritmos de aprendizaje y validando la creencia de que el padre de
familia y el maestro, en sus métodos de crianza y de enseñanza, tienen siempre
la razón y que cualquier falla es atribuible a cierto atributo de
irresponsabilidad o del potencial perturbador del niño, a veces tentado (como
se ha creído) por las «fuerzas del mal».
Quien
bien te quiere, te hará llorar es un proverbio que está
asociado a los dos anteriores, el cual reenfatiza que el castigo violento es
una regla de las sanas costumbres que se apoya en el amor al niño; que, aunque
es doloroso el castigo, se hace por el bien propio del niño, a veces justificado
con «me duele más a mí que a ti, pero es por tu bien» o «si te aporreo
es porque te amo». El mensaje al niño es: así aprenderás más y a ser recto en
tus comportamientos. Se concibe de ese modo que la educación tiene un
componente de dolor, de castigo y de férrea disciplina. En cierto modo, debe el
niño aprender «a las buenas o a las malas».
Árbol
que nace torcido, jamás su tronco endereza es otro proverbio
que ha fundamentado muchas creencias, prácticas y actitudes sobre la formación
de los niños. Es una creencia perturbadora en la medida que asume un
determinismo que conlleva a creer y sostener que, dadas algunas experiencias
torcidas tempranas, habría que renunciar a cualquier posibilidad de cambio o de
regeneración. No habrá manera de enderezar la mente, de variar la concepción de
la sociedad o de la naturaleza humana, o de corregir o reinventar el camino.
Todo estará perdido. Las experiencias tempranas, se asume, dañan el cerebro y
tuercen por siempre la voluntad para el bien y para poder acceder al
conocimiento, por lo que es preciso perder toda esperanza. Los avances en
neurología muestran, sin embargo, lo que se denomina plasticidad cerebral: se
aprende y se reorienta la vida y el pensamiento durante toda la existencia.
Para educar al niño, el símil arbóreo no funciona. Cual ávida planta trepadora,
el impulso vital de aprender mueve a los niños, forjando su carácter, hacia el
dosel del conocimiento para alcanzar la luz de la sabiduría y del buen y sano
vivir.
Las
reglas de la moral, los mandatos divinos y las sanas costumbres se imponen por
la disciplina y la memorización. En efecto, tienden a ser imposiciones,
usualmente sin importar la comprensión de los textos o de las prédicas orales.
La memorización y el acogimiento literal son el camino para la sumisión y la
aceptación ciega de ideas y explicaciones, aunque sean absurdas. Se promueve
aprender a callar ante lo injusto como una opción necesaria de supervivencia,
para poder demostrar que se es un ser que, además de obediente y útil, es una
persona educada. Quien calla otorga es un corolario; es la sociedad y la
escuela de la sumisión con una moral dominante al servicio de unos pocos.
Dictar
es olvidar; aprender sólo con oír es acción para el olvido. Se dicta
información para la memoria a corto plazo, para el angustiante examen y no para
toda la vida. «Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo
aprendo»; también expresada así: «Me lo contaron y lo olvidé; lo vi y lo
entendí; lo hice y lo aprendí», frase que es atribuida a Benjamin Franklin,
quien la tomó de un filósofo confuciano que vivió en el siglo III a. C., cuyo
pensamiento original se puede resumir así: «No basta con haber oído hablar, es
mejor saberlo y ponerlo en práctica». La información y los contenidos no se
dictan; se accede a ellos con un propósito pedagógico definido para crear
nuevos conocimientos, entender y solucionar problemas, experimentar y poner a
prueba, en contextos realistas, lo aprendido.
La
escucha pasiva es fundamento de los aprendizajes. Aprender para los niños es
gratificante y una experiencia abundante en satisfacción y placer; ellos
aprenden más por observación y por el procesamiento mental de sus experiencias
que por las estrategias de instrucción que les rompen la curiosidad y los
tornan sujetos pasivos y desconfiados frente a los procesos escolares que les
niegan el aprendizaje activo y experiencial. Ellos, en cuanto personas,
reclaman ser activos en sus procesos formativos y obligan a emplear procesos
cognitivos y afectivos basados en la observación reflexiva, el procesamiento y
conceptualización de información, la retención y la experimentación o
aplicación.
Sólo
quien posee o puede acceder a los textos le es dable entenderlos y enseñarlos.
De ahí el anacronismo del texto guía que sólo posee el maestro, o algunos pocos
autoungidos como sapientes, para quienes los textos por su innegable poder, en
manos de los niños, deben —a manera de una pedagógica inquisición— ser
controlados, digeridos y resumidos previamente para ellos. De ese modo, leer
para comprender no es para todos; tal dicha está obstaculizada por la negación
del poder de la inteligencia del niño; negación que se expresa en acciones y
creencias sociales que arropan, con detestable impunidad pedagógica, mucho de
lo que se lleva a cabo en las escuelas y que impiden el propósito esencial de
cada uno para llegar a ser.
No
hay una única manera de enseñar y menos una sola forma de aprender. Es preciso
dejar atrás una variedad acendrada de creencias para poder centrarse en los
principios, ahora científicamente fundados, que hoy se conocen, regulan o
explican el aprendizaje, claramente presentes en las «Ciencias del aprendizaje»
que han adquirido visible relevancia desde finales del siglo pasado, asunto que
abordaré en un próximo artículo.
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